Trabajo y propiedad

29 octubre 2010

«todo lo que hay de bello y útil en la sociedad es creado por el trabajo manual, técnico, profesional e intelectual»

Marcelino Camacho

Esta frase señala de manera muy gráfica la importancia del trabajo como elemento central de nuestra sociedad. Podría matizarse, como hizo Karl Marx en la Crítica del programa de Ghota, señalando que no sólo el trabajo sino también la naturaleza son fuente de riqueza. Pero hecho el matiz, no cabe duda de la importancia del trabajo.

Pese a este papel central, el trabajo no es en nuestra sociedad un título que atribuya la titularidad de los bienes, sino que únicamente otorga el derecho a obtener una contraprestación económica por el trabajo realizado.

Es el propietario de los medios de producción quien decide qué se produce, cómo se produce y cuándo se produce; quien determina, en última instancia las condiciones de trabajo. Y, además, el propietario de los medios de producción es quien se apropia del resultado del trabajo de sus asalariados. Todo esto lo puede hacer, entre otras cosas, porque tiene reconocido el derecho de propiedad privada y el derecho de libertad de empresa (artículos 33 y 38 de la Constitución).

El problema que plantean estos dos derechos es que como el trabajo no se puede escindir del cuerpo de los trabajadores (lo que sí puede hacer el empresario en relación con la propiedad de sus medios de producción), el empresario ejerce un poder directo sobre la vida de los trabajadores, sobre lo que estos pueden y no pueden hacer durante su jornada de trabajo.

Escribo esto a vuelapluma, como homenaje a Marcelino Camacho, de quien siempre he admirado su entusiasmo por la vida y por la lucha.

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Consideraciones críticas sobre el derecho de propiedad privada

16 octubre 2009

El derecho de propiedad privada es un mecanismo jurídico que protege y asegura la apropiación individual de los recursos existentes dentro de una sociedad. ¿De dónde surgen esos recursos o bienes que luego son objeto de apropiación privada?

Esos recursos surgen de la naturaleza o son producto del trabajo humano. En su conjunto, los bienes que son el resultado del trabajo humano se producen socialmente, son el fruto del trabajo de infinidad de personas. Por decirlo con otras palabras, unas personas pueden trabajar como abogados, como jueces o como profesores de derecho porque hay otras personas que cultivan alimentos, confeccionan ropa, limpian la suciedad que dejan los demás, o construyen viviendas. Miguel Hernández explicó de forma muy hermosa la socialidad del trabajo en los primeros versos de su poema «Aceituneros»:

Andaluces de Jaén

Aceituneros altivos,

decidme en el alma: ¿quién,

quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,

ni el dinero, ni el señor,

sino la tierra callada,

el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura,

y a los planetas unidos,

los tres dieron la hermosura

de los troncos retorcidos.

El problema es que al final, son los propietarios de los medios de producción los que se apropian del fruto del trabajo colectivo y no quienes han puesto su trabajo y su sudor. Esta es la contradicción básica que existe en el capitalismo. Una contradicción básica que no parece interesar mucho a los profesores de derecho, que proclaman la conexión existente entre la propiedad privada y la libertad, y que afirman que la propiedad privada está estrechamente vinculada con el libre desarrollo de la personalidad.

Hay que reconocer que en parte llevan razón, en nuestra sociedad tener un buen acopio de propiedad privada permite el libre desarrollo de la personalidad. Sobre todo a quienes son propietarios de los medios de producción. ¿Y qué pasa con quienes ponen el trabajo y el sudor?

Como señaló Karl Marx, en la Crítica del Programa de Gotha (1875): «el hombre que no posea otra propiedad que su propia fuerza de trabajo, en cualesquiera situaciones sociales y culturales, tiene que ser el esclavo de los otros hombres, de los que se han hecho con la propiedad de las condiciones objetivas del trabajo. Sólo puede trabajar con el permiso de éstos, es decir: sólo puede vivir con su permiso».

La propiedad privada es una institución básica en el capitalismo, porque permite la apropiación individual de lo que se produce socialmente y porque garantiza que quienes no poseen más que su fuerza de trabajo estén condenados a trabajar para otros para poder subsistir.